lunes, agosto 30, 2004

Las razones de la sobrevivencia

Jesús Silva-Herzog Márquez

No recuerdo una golpiza tan fuerte contra un político en activo. Desde hace seis meses, desde la aparición de los videos que mostraban la corrupción en el centro del círculo más cercano de Andrés Manuel López Obrador, los golpes no se han detenido. López Obrador se ha mostrado de cuerpo completo: un hombre rodeado de pillos, un dirigente incapaz de escuchar la voz que no lo exalte, un político hábil y resistente, un político con impulsos mesiánicos, un hombre escudado por una imponente popularidad. Seis meses que han servido para desnudar al alcalde de la Ciudad de México. La golpiza ha resaltado lo peor del alcalde y ha puesto en evidencia las razones de su fuerza. El moderado de algún tiempo, se ha vuelto un iluminado que encarna la honestidad en un pantano de perversidades. El mundo que observan sus ojos es el territorio bélico de los pobres contra los ricos; los virtuosos contra los demonios; los buenos contra los malos. Seis meses de ataques, seis meses de confesiones involuntarias. La única respuesta que puede alojarse en su inteligencia es la convicción de que los enemigos de la patria, lo que él sin ironía llama "las fuerzas oscuras" están empeñados en derrotarlo para cancelar el vuelo de la esperanza. López Obrador ha acertado en comunicarse con la ciudadanía a través de cómics. En el medio está su mensaje: su universo político es eso: un mundo de caricatura en donde los superhéroes se enfrentan a sus archienemigos.

El catálogo de delirios del alcalde de la Ciudad de México convierte en trivialidad todas las tonterías del presidente de México. Fox tropezará con la lengua, exhibirá sus ignorancias y su improvisación. López Obrador, por el contrario, no tropieza cuando declara su desprecio por la ley; cuando inflama los rencores colectivos; cuando insulta a quienes no lo idolatran. En todos estos casos defiende una convicción profunda, una certeza por encima del examen y la duda. Revela una concepción coherente del mundo, de la moral, de la sociedad, de la política. Una concepción que, a mi entender, es parte de la mentalidad autoritaria. La mentalidad que ignora el imperativo de la moderación, que se cierra en firmezas que se vuelven dogmas, que separa el mundo en hemisferios morales irreconciliables. La megalomanía, el maniqueísmo, el mesianismo de este hombre no son deslices: son rasgos constitutivos de su carácter, son las marcas de su raíz.

Y sin embargo, se mueve. Después de estos seis meses de golpes y autogolpes, Andrés Manuel López Obrador sigue siendo el político más popular del país, el personaje que la mayoría quisiera ver en la Presidencia de la República. Las denuncias, las críticas, las acusaciones no lo han acorralado. Por el contrario, lo han impulsado. López Obrador ha sabido responder a la tormenta con un discurso que ha fortalecido la intensidad de sus respaldos. La marcha de ayer confirma la magnitud de su fuerza. López Obrador ha empleado los ataques para remozar su imagen combatiente, para reforzar su efigie de santo sacrificado, para endurecer su posición contra sus enemigos. La estrategia ha funcionado. Por muy insostenibles que me resulten sus argumentos, es evidente que han sido persuasivos. Es indispensable reconocerlo y tratar de entenderlo.
México es buena tierra para el sembradío de este discurso. El discurso de López Obrador es muy nuestro. Sigue una tradición histórica viva y popular. No hay heredero más puro de la retórica oficial del siglo XX que López Obrador. En su palabra se mezclan todos los ingredientes de esa tradición: el carácter orgánico del Pueblo representado por una sola fuerza política; el carácter unitario de los villanos que actúan en contra del proyecto nacional; la defensa de las razones patrióticas que han de levantarse encima de las frívolas formalidades legales. López Obrador no ha tenido que remar contra la corriente al exponer sus nociones. El discurso de ayer es, evidentemente, la pieza oratoria más reciente del nacionalismo revolucionario priista.

Cuando el alcalde de la Ciudad de México relata la formación de las conspiraciones, cuando habla de las fuerzas oscuras, cuando denuncia la corrupción de los jueces, cuando describe las trampas de la ley, cuando habla de "los de arriba", cultiva una imagen que es muy cercana a la percepción colectiva. López Obrador no inventa el desprestigio de nuestro sistema legal, se monta con habilidad en él. El discurso contrario es el extraño: el discurso de la legalidad estricta, el de la defensa rigurosa del derecho. El discurso lopezobradorista comunica bien con el país porque éste tiene precisamente esa imagen del funcionamiento de la ley y el poder. México no se reconoce en su sistema legal, ni se desvive por defenderlo. Según la encuesta reciente de Latinobarómetro, el 75 por ciento de los mexicanos está convencido de que la política ha sido secuestrada por las élites y que la democracia beneficia a unos cuantos. No es extraño que la argumentación de López Obrador consiga respaldos abundantes. Las insinuaciones sobre las negociaciones en lo oscurito entre personajes innombrables que se conspiran para evitar la floración del Bien se insertan en un convencimiento colectivo.

López Obrador representa una esperanza. A juzgar por el discurso de ayer, esa esperanza no tiene esqueleto, pero tiene encanto. Sus 20 propuestas son una colección de lugares comunes, demagogia, arcaísmos, contradicciones y recetas vagas. No se parecen a la revolución bolivariana de Hugo Chávez. Su modelo es más cercano pero más viejo: Luis Echeverría. Pero por muy rancio que sea su lenguaje, no puede negarse que ahí se encuentra un aliento. El discurso de López Obrador sobresale por la ausencia de futuro que prometen las alternativas partidistas. El político perredista propone un cambio, apuesta al futuro, formula ideas para cambiar las cosas. Dejemos por un momento el examen de las propuestas concretas del día de ayer. Lo que me parece relevante es que existen. Del otro lado, en el campo priista y en el campo panista hay una cruda apuesta por el poder. Dos ambiciones de un poder sin sentido. El tabasqueño ha logrado apropiarse la esperanza. ¿Alguien puede negar que es López Obrador quien imprime en este momento sentido a la búsqueda del poder?

No hay nadie que haya contribuido tanto a la sobrevivencia de López Obrador como sus adversarios. Quienes pensaban que el proceso de desafuero lo eliminaría del juego, estaban totalmente equivocados. El pleito no lo ha aniquilado. López Obrador ha perdido puntos de popularidad y se ha convertido en un radical indeseable para muchos. Pero ha consolidado su imagen de tenaz sobreviviente. La insignificancia de su infracción y la flaqueza de los argumentos jurídicos en su contra no harán más que fortalecer su causa. Más aún cuando, frente a su persecución, se toleran abusos infinitamente más graves, delitos francamente indignantes que no solamente quedan impunes sino que desaparecen muy pronto de la atención pública.